Clay Pot Feast #2 : PALAYOK [REVIEW]

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Crónica. Camping Las Mimosas, Blanes. 01/06/2014 

Amenazaba lluvia y finalmente resulta ser de los días más calurosos de lo que va de año. Llegamos a Blanes con todo preparado, las verduras y la carne listas para empezar a preparar la comida. Nos acompaña mi abuela, Ascensión. Ella es de estas personas que le gusta que las cosas se hagan a su manera, y sin ni un pelo en la lengua. No se guarda nada, opina de todo lo opinable. Un reto para mí cocinar, con su ayuda y la de mi madre, un plato por primera vez: pinakbet. El reto que me había impuesto se me va haciendo de a poquitos cuesta arriba. Pienso en cómo vamos a cocinar sin tener idea del sabor de alguno de sus ingredientes, como la ampalaya. Monto el camping gas con la bombona de butano y me dispongo a trocear las verduras. Mi madre deshuesa la carne y mi abuela me ayuda a pelar verduras. Sorprendentemente me pregunta cómo debe cortar la cebolla. Eso sí, después de haber cortado los pimientos como le ha parecido, hecho que le cuesta una mirada recelosa de su nieta. 

No consigo encender el fuego. Por un momento pienso en cuando barajaba la posibilidad de abortar la queimada por no saber prenderla. Otra vez no, por favor. Mi madre se acerca y examina los fogones. Parece que no sale gas; no detectamos ningún sonido u olor. Trata de acercar la llama del mechero al apoyo metálico. No surte ningún efecto. Pero de repente lo ve: el seguro del cabezal de la bombona de butano está puesto y no deja salir el gas. Un descuido por mi parte… Pongo a hervir el palayok con agua y sal para curar la pieza y hacer que empiece a ganar calor. Será un rato no modesto, por lo que me siento mientras a ayudar a mi madre y mi abuela a pelar y trocear las verduras. Preparo la versión de la salsa bagoong, con anchoas, pimentón picante y dulce y sal. Las anchoas ya son muy saladas, pero se les añade más. Con mi madre, deducimos que el pinakbet se cocina sin sal, y es la salsa lo que le atribuye el sabor. 

Mi abuela nos cuenta historias de Murcia, su tierra. Adoro todo su repertorio, aunque ya lo conozca casi al completo. Su forma de relatar es profundamente hechizante, admiro su capacidad de sugerir escenarios y acciones. Mi imaginación despega y vuela alto con su principio de relato. Luego, al tiempo que empieza con los tomates, se sincera con nosotras. Se siente mal por algo entre mi tía y ella. Dejamos que se desahogue, a lo que reparo en que está quitando la piel de los tomates de una forma que no había visto antes. Le pregunto y me enseña a hacerlo. 

La ampalaya, esa hortaliza extraña con piel de cocodrilo -como me dijo un frutero de la calle Joaquim Costa-, me toca pelarla a mí. La corto por la mitad y a lo largo, como me parece, improvisando. Tiene unas pepitas enormes que no me esperaba. Entre las tres lo comentamos. Lo único que sé es que tiene un sabor muy amargo. Decido retirar toda la pulpa y dejar el exterior de la verdura, que troceo en láminas gruesas. Mi abuela pone pausa periódicamente a sus historias para mandarme a destapar el palayok, por si ya hierve. Está tapado correctamente e incluso puedo ver como se va evaporando el agua que contiene, pero no hay manera de hacerlo hervir. Hacemos tiempo con unas bebidas y mi prima Alba, de diez años, entra a saludar. Es mi devoción, una personita con un corazón tremendamente noble. Se alegra mucho al sabernos allí y me pregunta por lo que estamos cocinando. Le cuento que es un plato filipino y se extraña. No creo que sepa ni que existe un país llamado así y menos entiende el interés que suscita en mí cocinar comida de ese lugar. 

Viendo que el agua sigue sin hervir pero se ha reducido considerablemente, decidimos tirarla y empezar a cocinar. Como la pieza no tiene asas, nos vemos obligadas a utilizar dos trapos de cocina para alzar el palayok. Podría haber pensado en hacerme con unas cañas para construir un artilugio para moverlo, siguiendo el estilo filipino. Predecimos todas que no podremos introducir dentro del recipiente todas las verduras que hemos partido, al menos no de golpe. Decidimos entonces echar todo lo que podamos al principio, y a medida que vaya reduciendo, poner lo demás. Mi abuela sugiere reservar parte de las verduras que sabe que tienen bastante agua, como la cebolla o la berenjena, para que el jugo se mantenga hasta que esté todo hecho. Al poco empieza a oler maravillosamente. 

Se acercan mis primos, Adrián y Sonia, los padres de Alba y Lucía. Ellos afirman que no saben si estará bueno o no, pero tienen ganas de comprobarlo. Así pues, les invitamos a comer y preparamos una mesa con unos pequeños boles y cubiertos para cada uno y arroz para acompañar. Al poco, el jugo de las verduras empieza a hervir y añadimos lo demás. Me sorprende la cantidad de agua que desprenden las verduras, que se cuecen a fuego lento. El olor es cada vez más intenso y el apetito se abre de par en par. Transcurridos quince minutos, la comida está más que lista. Nos sentamos todos a la mesa y me dejan servir a todos. Mi padre, no muy amante de las comidas foráneas, se limita a comerse la carne. Y eso que es diabético y dicen que la ampalaya tiene propiedades que regulan el azúcar. Los demás aprueban el plato, nos felicitamos y mi abuela se arranca con otra historia. Hay cosas que no cambian ni comiendo comida filipina.




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